Nostálgico en Madrid, como tantos otros canarios, Caco Senante (el del mojo picón) se asombró un día al ver volar una gaviota por la capital y se sintió como ella, perdido, fuera de sitio. Cansado de no ver el mar, de respirar aire viciado. ¿Qué hace una gaviota en Madrid? Su disco Isleño se publicó en 1992. Fue un gran éxito musical pero no ornitológico. Por entonces no es que hubiera una gaviota despistada; había más de 60.000 en toda la comunidad madrileña. Reidoras, para ser exactos, así llamadas por la carcajada de sus graznidos. Más costeras y marismeñas que marineras. Pero solo aparecían en invierno. Y no eran unas locas despistadas buscando sardinas por el Manzanares. Buscaban y encontraban los basureros urbanos, repletos de toneladas de comida desperdiciada por nuestra sociedad del despilfarro. Luego se juntaban a dormir en embalses y graveras próximos a la gran ciudad. Llegada la primavera abandonaban Madrid para irse a criar bien gorditas, unas al norte de Europa y otras a zonas húmedas de la Península.

Iban a más, pero un buen día empezaron a ir a menos. En los eneros de los años gloriosos de la Expo y las Olimpiadas, una gaviota grande, robusta, hermosa, norteuropea, empezó a dejarse ver por la capital del Reino. Esa sí que era marina. La gaviota sombría, con grisáceas alas de las que toma el nombre. Una rareza. ¿Qué hacía una gaviota marinera en Madrid? Lo mismo que la reidora, medrar en nuestras basuras de invierno, acopiando proteínas en zonas de alimentación mucho más predecibles, cómodas y seguras que los descartes pesqueros en alta mar. Hoy ya no son raras. Como si estuviéramos en La Coruña o San Sebastián, se las puede ver todas las tardes sobrevolando Atocha y la Castellana en grandes bandos desgarbados integrados por cientos de ejemplares, incluso dándose baños en el popular lago del Retiro. Son tantas, más de 120.000, que han terminando desplazando a las pequeñas reidoras, ahora menos sonrientes ante la presión de las bravuconas, agresivas y tragonas como pocas gaviotas sombrías.

También hay cigüeñas. No ha hecho falta esperar al 3 de febrero, festividad de san Blas. Miles de ellas no se fueron de viaje a África y decidieron aprovechar el mismo recurso que tanto gusta a las gaviotas: nuestra basura. Otras han regresado muy pronto, cada vez antes. Tanta comida cerca de los nidos durante todo el año convierte el peligroso viaje migratorio en un capricho del instinto cada vez más renunciable.

Los vertederos son una maravilla para ver aves interesantes. Lo sabe bien mi chica, pues la pobre, paciente, me acompaña muchas veces en nuestros viajes de naturaleza, bastante espantada de que en lugar de visitar restaurantes con encanto acudamos a vertederos sin más encanto que el de observar buitres, alimoches, milanos, gaviotas y toda clase de volatería oportunista. Ellas trasegando muslos de pollo desechados y nosotros espantando moscas de nuestros bocadillos, pero esa es otra historia. Porque también vemos con horror cómo algún ave confunde bolsas de plástico con carnes blanquecinas, gomas con culebras, o se enreda en cuerdas, se corta con cristales, degusta productos tóxicos, se envenena con raticidas o choca contra los tendidos eléctricos cercanos. Es verdad, hay mucha comida en esos sitios, pero no se regala. El pago es la salud que pierden limpiando el campo de nuestras mierdas.

La culpa del actual desperdicio de alimentos la tienen los malos hábitos de consumo y la inadecuada gestión de los productos caducados. La Comisión Europea estima que cada año se desaprovechan en el mundo más de 1.300 millones de toneladas de comida, un tercio de la producción mundial. El desperdicio medio por hogar equivale a más de medio kilo de alimentos por persona y semana que son perfectamente válidos para el consumo. Nosotros los tiramos y las gaviotas y cigüeñas los aprovechan. Por cierto, ¿quién dices que es la especie inteligente?

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Fuente Diario 20minutos

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